Después de semanas con el cerebro echando humo entre diseños 3D, cálculos de peso, geometrías imposibles y combinaciones de materiales que solo entendería un químico loco, llegó el momento que siempre da vértigo: crear el primer prototipo.
Y como toda buena historia de garaje, esta no empezó en un laboratorio de alta tecnología, sino entre risas, dudas y algo de polvo.
Antes de lanzarnos de cabeza, hicimos unos test de pegado. Había que comprobar que los materiales se llevaban bien entre sí, que no se separaban como dos imanes del mismo polo.
Contra todo pronóstico, ¡funcionó! Así que pasamos al siguiente nivel:

El primer prototipo casero nació entre gomas, resinas, fibras y mucho entusiasmo.
En el garaje de un buen amigo, como todas las cosas que luego se convierten en grandes historias.
Eso sí, bonito no era.
Aquí la tienes.

Parecía sacado de una peli de ciencia ficción de bajo presupuesto. Y por dentro… bueno, peor. Pesaba como un ladrillo y el tacto era blandito, como si jugaras al pádel con una esponja de baño.
Pero no importaba. Porque ya existía. Porque a veces no se trata de hacerlo perfecto, sino de simplemente hacerlo.
Y yo sabía, que, con una mezcla de cabezonería e ilusión, eso podía mejorar.
Mucho.
Tanta fe le tenía, que ni corto ni perezoso, cogí la pala con su forma extraña y su textura esponjosa, y me planté en las oficinas de tres de las marcas más importantes del sector.
Tres gigantes.
Mis recursos eran limitados, y quería saber si alguna de ellas apostaba por la idea y me acompañaba en todo lo que aún quedaba por hacer.
En la primera reunión, salí entusiasmado.
Había interés.
Había preguntas.
Había miradas que decían más de lo que las palabras dejaban escapar.
Pero de repente un comentario me dejó helado:
Nosotros también estamos trabajando en algo parecido…
¿Qué?
¿En serio?
¿Y por qué lo has dicho casi al final?
Va el tío y me lo suelta después de explicarle todo.
Me prometí no comprar nada mas de esa marca en mi vida.
Eso si que les iba a hacer daño.
El miedo y la frustración se apoderaron de mí.
Horas y horas de trabajo e ilusión tiradas a la basura…pero en fin… había sido bonito y emocionante.
Otra experiencia más a la mochila.
Pero justo antes de abandonar el edificio pasó algo.
Hizo algo que me tranquilizó.
No había porque temer.
Era un farol.
No estaban trabajando en nada parecido.
El sol volvió a salir y todo tenía sentido otra vez.
Ahora sí:
PRIMERA REUNIÓN √
Y aún quedaban dos más.



